¿Cuánto valen tus sueños?

¿Cuánto valen tus sueños? ¿Cuánto podrías sacrificar por alcanzarlos? En La Tierra de las Estrellas Mia y Sebastian protagonizan una sacudida emocional apasionante para toda aquella persona cuyas expectativas no pasaran de poder contemplar una retahíla de canciones y bailes durante 128 minutos. El terremoto sentimental dura mucho más que esas dos horas de metraje.

¿Cuánto pagarías por cumplir tus sueños? ¿Qué aceptarías dejar a un lado para conseguirlos? Sebastian logra ejecutar al piano una pieza desgarradora que te obliga a rebuscar entre tus miedos y tus pasiones. ¿Y si hubiera tomado otra decisión? ¿Y si hubiera elegido una opción diferente? ¿Corazón o cabeza? ¿Acaso son incompatibles?

Gloriosa mente la que pergeña una trampa con forma de obra de arte  para hacer que te revuelvas en lo más profundo de tus convicciones y te mantiene en un limbo durante horas después de haber abandonado la butaca del cine. ¿Quién no ha temido optar inconscientemente por lo más inconveniente? ¿Acaso no hemos metido la pata perdiendo el tiempo en películas sin fundamento alguno cuando otras, como esta, suponen mucho más de lo que uno podría esperar?

¿El amor o el trabajo? ¿Qué sobrevaloramos más? ¿Qué nos acerca más a la felicidad? Otro día de sol promete llegar tarde o temprano. Pero esa promesa al inicio de la película no soporta mucho tiempo sin ser cuestionada. De la risa al llanto, de la admiración a la incertidumbre y de la empatía al enfado. Un baile, pero de emociones.

¿Y tú, eres más como Mia o como Sebastian? ¿Qué habrías hecho en cuanto Sebastian acabara de tocar magistralmente esa ‘City of stars’? ¿Y a qué precio lo habrías hecho?

En un mundo que te sacude por caminos de estrés y preocupaciones resulta catártico toparse con una sacudida de emociones y reflexiones para plantearte de dónde vienes y adónde vas. Obra maestra que va mucho más allá de los límites del séptimo arte.

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La anciana invisible que nunca sería olvidada

“Está loca”, decía un joven serio. “Podría matar a alguien”, lamentaba una señora que se encontraba a apenas un par de metros de distancia. “Vivirá sola”, se compadecía una chica con resignación. “¡Pobres vecinos!”, exclamaba una adolescente mientras sonreía a su pandilla.

Los chismorreos se encadenaban entre cruces de miradas sorprendidas. El jolgorio que anticipaba el encendido de la iluminación fallera se interrumpió, como cuando el terremoto aéreo final de una mascletà llega precedido de unas décimas de segundo de silencio que permiten asimilar el terremoto terrestre recién sentido. Y entonces un vertido de agua exasperó de nuevo a quienes asistían atónitos a aquel comportamiento de la anciana vecina.

Los fragmentos de los objetos arrojados al vacío se empapaban al tiempo que los más curiosos desafiaban la ira de aquella mujer y se acercaban con cautela para tratar de identificarlos: ¿una botella?, ¿un recipiente rellenado con algún material más solido?, ¿detergente?… “¡Quién sabe qué es eso, pero tiene pinta de poder hacer daño si te dan con eso!”, sentenciaba una madre al tiempo que apartaba con un brazo protector a su hijo pequeño.

No ha vuelto a ser lo mismo caminar por esa acera para entrar en el supermercado. Como cuando alguien que hasta ahora había pasado desapercibido de repente se manifiesta ante los ojos de todos y reivindica su presencia con una fuerza que impide que alguien mire a otro lado. Ya es difícil pasar por debajo de su balcón y no alzar la mirada a la espera de no encontrarla allí. Y, aunque no esté, uno pasa rápido ante el temor de recibir el golpe de algún objeto que caiga a la calle como en aquella noche de fallas.

Pero de repente todo vuelve a su estado inicial y el temor se desvanece. Un aséptico cartel indica que esas paredes que acogieron durante un tiempo a aquella enigmática anciana están a disposición de quien quiera hacerlas suyas. Y tras leerlo uno se da cuenta de que no todo vuelve a su origen. ¿Acaso antes no pasaba uno por allí como por cualquier otro sitio de la ciudad? ¿Y ahora? Ahora, aunque ya no esté ella, es inevitable mirar hacia donde un día decidió mostrarse al mundo para que en días como hoy el mundo la recordara.

Un día histórico para el fotón Ramón

Como cuando un viaje se eterniza en carretera por una recta inacabable a una velocidad constante. Así se sentía el fotón Ramón, harto de que todos le tomaran por loco por sus ansias de cambio. “¿De verdad nadie va a hacer nada por dignificar nuestra existencia?”, se preguntaba. Por respuesta recibía el silencio permanente que reinaba en su oscuro sendero.

El fotón Ramón no entendía por qué había tantas ambigüedades a la hora de definir a los que eran como él. Qué ridículo era aquel debate entre el todo y la nada, entre el blanco y el negro, entre si podían considerarse partículas u ondas. ¿Acaso no podían sentirse orgullosos y felices siendo como eran, fueran como fueran?

Su vida era un incesante caminar sin rumbo, a expensas de que algún objeto abandonado por esos seres corpóreos tan raros le hiciera rebotar o desviar su trayectoria. Aun así, sabía que seguiría desplazándose sin más pretensión que la de volver a ser el objeto de alguna reacción o voluntad ajena. Y por ello se lamentaba. Y por ello seguía maldiciendo su existencia. Pero entonces ocurrió.

Toda aquella energía acumulada durante un tiempo incalculable pero lleno de hartazgo le hizo sentir que se hinchaba. Por primera vez tuvo la sensación de sentirse a sí mismo, de tener un cuerpo del que era dueño y que podía dirigir hacia donde deseara y cuando quisiera. De tener una energía que podía manifestar solo con pretenderlo. Y entonces deseó y quiso.

El fotón Ramón supo que era el momento de hacer algo histórico, de ser el referente que muchos como él habían necesitado, aunque tal vez no hubieran sido conscientes de ello. Elevó su presencia hasta que fue advertido por el resto y entonces tomó impulso y los guió hacia un lugar en el que dejarían de ser meros agentes pasivos y se convertirían por fin en protagonistas. Nunca podrían olvidar aquel día.

Casi 150 años habían transcurrido desde que la ciudad registraba todas las mediciones de temperatura y nunca antes se había alcanzado en una fecha tan temprana un calor tan intenso. La luz cegaba a aquellos seres corpóreos que sudaban mientras se preguntaban si algún día alguien podría inventar la fórmula para dignificar su existencia evitando tanto calor. Y el fotón Ramón se sintió orgulloso, una vez más, de ser lo que era.