La señora del garrote y el bolso lila

Levantó la mirada como si no tuviera opción alternativa alguna. Como si sus pequeños y rítmicos pasos necesitaran cerciorarse de que la identidad de aquellos extraños que se encontraba por el camino no interrumpirían su trayectoria. Su mirada era fría pero serena. Escrutaba en apenas un segundo para inmediatamente tornar sus pupilas hacia las grises baldosas de la ciudad.

A un lado, un garrote inclinado sustentaba años de esfuerzo y toneladas de resignación ante el inexorable transcurrir de los días; al otro, un bolso de mano del color de las más bellas orquídeas equilibraba su centro de gravedad a la vez que protegía la intimidad de una personalidad imponente aunque acallada.

La señora del garrote y el bolso lila no era una persona más de esas que uno se cruza por la calle de forma inadvertida. Nadie como ella podía contar su propia historia, esa retahíla de vivencias que recogía un conato de frustración cuando se apoyó por primera vez en su garrote y un atisbo de rebeldía cuando escondía en su bolso lila las pertenencias que debían permanecer ocultas ante las miradas más indiscretas.

Sé que cada vez que pasa a mi lado me mira, aunque de soslayo, como si no esperara obtener visión importante alguna. Pero me mira. Y sé que por su cabeza pueden circular cientos de miles de informaciones que nunca llegaré a conocer. Pero sé que las hay y que ella las maneja con la soltura con que balancea su bastón y con la firmeza con que sujeta su bolso lila.

Si la empatía consiste en identificarse mentalmente con otro individuo, yo elijo, al menos durante unos segundos al día, que mi referente sea esta señora. Y sonreiré de nuevo cuando lentamente se acerque y juegue a resistir su mirada hasta el último instante previo a pasar ante mí.

Y llegará el verano y desaparecerá con el calor su ancho abrigo marrón, fiel compañero desde que un nuevo siglo comenzara; desaparecerá esa larga bufanda que parece teñirse del color gris de su cabello. Pero sus ojos no dejarán de otear titilando las miradas ajenas que inquisitivamente se detengan en su semblante serio, su garrote inclinado y su bolso lila. ¡Hasta la tarde!

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