Encarcelados en prisiones latinoamericanas

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No es humano. Se agolpan como ratas en espacios reducidos y duermen en pasillos que simulan morgues. Los presos que cumplen condena en cárceles latinoamericanas no tienen opción de empezar en ellas una nueva vida. En ellas reinan el comportamiento mafioso, la violencia, las drogas y la insalubridad más absoluta. Lo peor, sin embargo, son las escasas opciones de reinserción que se le presumen a todo aquel que pasa por ellas. Los españoles allí recluidos no son una excepción.

El programa ‘Encarcelados’ que emite La Sexta desde hace varias semanas muestra centros penitenciarios que nada tienen que ver con los que hay en Europa. Es bueno saber qué hay más allá del océano y ver los pros y los contras al compararlo con lo que hay a este lado. Eso sí, sin dramatismos innecesarios ni morbo gratuito, que es la dosis mayoritaria del programa. Repetir siete veces en cinco minutos que “los presos son quienes tienen el control absoluto aquí dentro” o destacar que “al menos hay 500 personas en esa zona del patio” cuando no se ven más de 100 o 150 no sirve más que para amarillear algo que no necesita aditivos para resultar deprimente.

Hasta el momento lo más chocante ha sido ver la convivencia de niños pequeños con delincuentes dentro de esas prisiones. Hay reos que no pueden mantener a sus familias desde el interior de la cárcel y no dudan en llevarse a sus mujeres e hijos con ellos, pese a que eso conlleve que convivan con asesinos, violadores o pederastas. Son esos niños, a quienes en ningún momento se les pixela el rostro, las verdaderas víctimas de un sistema penitenciario infrahumano. Sus mayores, delincuentes, no hacen más que vivir con otros delincuentes. Lo normal en toda prisión.

El amarillismo del programa, no tanto con Alejandra Andrade sino sobre todo cuando quien realiza el reportaje es Jalis de la Serna, no es su único problema. Su tesis primigenia y la que motiva cada una de sus emisiones es contar lo injusto que es que haya españoles retenidos en esas condiciones. En ningún momento denuncian que esos españoles son delincuentes dignos de estar encarcelados por haber cometido atrocidades contra la salud pública, entre otros, de muchos españoles. ¿Qué interés hay en esconder las adicciones o incluso las muertes que podría haber provocado la droga que pretendían traer a España?

La droga no es un una lacra social únicamente para quien la elabora, sino también para quien la distribuye y la consume. Colaborar con ese negocio a cambio de una recompensa individual es egoísta y negligente. Esos españoles encarcelados en prisiones latinoamericanas fueron libremente a aquel continente a delinquir, asumiendo así el peso de las leyes de aquellos países. ¿De qué se quejan? ¿De la mala suerte de que les hayan pillado delinquiendo?

No. No es humano. Tener la posibilidad de denunciar la imposible reinserción de los presos en Latinoamérica y las condiciones infrahumanas a que se ven sometidos algunos niños inocentes y desaprovecharla para ensalzar el sentimiento patrio más casposo con auténticos delincuentes es, cuando menos, muy poco afortunado. Hay quien vive encarcelado en una prisión y quien vive encarcelado en su propio ego. Así le va a España. 

 

* Imagen: Cárcel Modelo de Bogotá, Colombia | Captura de imagen de la emisión del 03/10/2013.

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De la victoria de Merkel al hospital del rey

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¿Cómo no iba a ganar si son ellos quienes han sacado rédito del debacle europeo? La desidia y la incompetencia en cada uno de los países del sur pusieron el resto, pero ellos también tienen su cuota de responsabilidad. Alemania ha estado consiguiendo dinerito limpio y fácil de las saqueadas arcas de la infraEuropa. Cuanto peor le ha ido a Grecia, a Chipre, a Irlanda, a Portugal… ¡y a España!, mejor le ha ido a la Alemania de Angela Merkel.

Cuando los resortes del bienestar han empezado a resquebrajarse en territorio alemán las encuestas han encendido las alarmas en la formación de la canciller. Falsa alarma. Otra política de oxígeno al ahogado no habría hecho más que reducir los beneficios patrios. Era mucho más arriesgado darle una oportunidad al amiguete de Rubalcaba y Hollande, no fuera que diera tumbos como el francés o que no diera nada como el español. Por eso ha ganado Merkel.

Merkel no tiene escrúpulos. Lo ha demostrado en infinidad de ocasiones y no dudará en volver a hacerlo si así le interesa. Que se lo pregunten a los griegos, obligados a ejecutar en pleno epicentro de la crisis un plan de ajuste que ni una Merkel con una mejora genética asistida podría soñar hacer. Ella exige lo que sería incapaz de cumplir. Pero puede permitírselo porque lo exige desde arriba. El imperio alemán ataca de nuevo, no tantas décadas después.

Mientras tanto, el delegado del gobierno alemán en España, Mariano Rajoy, ha movilizado a sus ministros para que mientras garantizan la integridad de Perejil, enzarzan con Gibraltar y miran a otro lado ante Siria, se hagan ver con declaraciones de elogio y felicitación para Merkel. País de pandereta. Aunque a veces la realidad supera a la ficción y uno tiene que aceptar que no se le puede exigir a un ministro eventual lo que no es capaz de hacer un jefe de Estado permanente. Lo de mostrar solvencia, cordura, inteligencia y prestigio hace ya tiempo que no va con España y aún hace más tiempo que no va con sus gobiernos o con la Casa Real.

El rey Juan Carlos debería tener prohibido operarse en un centro privado. Porque si lo tuviera que pagar –que no creo- lo haría con dinero público y ese dinero llega de los impuestos y sacrificios de muchos ciudadanos que han de soportar listas de espera de dos años para operaciones mucho más urgentes que las derivadas de cacerías de elefantes accidentadas.

Merkel debe de flipar cada vez que echa un vistazo de reojo hacia España. Pagaría por saber qué opina del monarca y de su peculiar familia. ¿Aún será respetado por alguien más allá de los Pirineos? Yo lo dudo mucho. Como mucho recibirá flores de alguna canciller que le deseará una pronta recuperación para que siga encabezando el desgobierno de un país patético que, como Grecia, seguirá reportando a la Alemania de Merkel rédito económico y político.

 

* Imagen: casareal.es

La sociedad del bienestar elitista

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“La sociedad del bienestar ya no es sostenible”. O lo que viene a ser lo mismo, que cada palo aguante su vela pero la mía que me la sostengan los demás, que para eso están por debajo. El prácticamente recién estrenado rey de los Países Bajos demuestra así que el problema de las monarquías no es tanto quién las encabece sino que los genes democráticos, si los tienen, son en todo caso bastante recesivos.

El rey Guillermo no es la excepción. Su desmesurado atrevimiento tuvo lugar en un acto solemne en el que sus posaderas reales caían sobre un enorme sillón bien cómodo y ornamentado. Por aquello de predicar con el ejemplo se podría haber sentado en una silla de plástico o en una básica de IKEA. No fue el caso, pues para ciertas élites el estado de bienestar no solo sigue existiendo sino que además lo consideran un derecho de inspiración divina.

Menos mal que la historia depara de vez en cuando a algún travieso insigne, como el papa Francisco, quien, a pesar de no haber renunciado al 90 por ciento de las grandes prebendas que se le presuponen a su condición de jefe de la iglesia católica, puede demostrar con pequeñas concesiones lo muy alejados de la realidad que han vivido sus predecesores. Más incluso que él.

Lo que necesitan pues las monarquías europeas no son abdicaciones en favor de pequeños dictadores amantes del bienestar que niegan a sus súbditos. Lo que puede impulsarles a la estabilidad en el siglo XXI es la adaptación a su nueva realidad, mucho más próxima al estado de malestar que sufren sus conciudadanos que al despilfarro y la soberbia que los hacen anhelar épocas medievales. ¿Sería capaz el futuro Felipe VI de democratizar la monarquía española y permitir que sean los españoles quienes le permitan tomar posesión de la jefatura del Estado o preferirá la imposición?

Las herencias “por la gracia de Dios” o por “ser hijo de” no casan con esa realidad que vive la mayoría de la población europea. Sin estado de bienestar para la gente de a pie no hay gracias divinas que les puedan valer a los monarcas. Si no hay bienestar para el 99 por ciento de la población, el uno por ciento restante tendrá que asumir más pronto que tarde que tampoco para ellos lo habrá.

El día en que los alcaldes, los presidentes de gobierno o los familiares de un rey tengan que desplazarse por su ciudad o su país sin coches oficiales y lo hagan en metro, bici o autobús a lo mejor empezarán a darse cuenta de una realidad que aún no han vivido, que dicen representar y que dista mucho del bienestar que ellos aún gozan. En algo tenía que tener razón el rey Guillermo.

 

* Imagen: hola.com