La supervivencia de la especie

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Es como el bisnieto de Franco. Dios los cría y ellos se juntan. Hace unas semanas Luis Alfonso de Borbón, uno de esos individuos que viven a costa de herencias y cuya única aportación a la sociedad es su alocada obsesión por ser entronizado en Francia, aseguraba que “los políticos no pueden asumir la responsabilidad de redefinir las leyes de la naturaleza”.  Se refería a esas leyes que permiten que un hombre y una mujer puedan procrear. Esa es la máxima para el descendiente del dictador y esa es la máxima para el actual ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz.

Para ambos el matrimonio homosexual es un defecto en la forma y en el fondo. Para el que pretende reinar en Francia, lo que defienden la mayoría de los representantes elegidos democráticamente por el pueblo francés es pura bazofia. Para el que ya gobierna en España, lo que dice el Tribunal Constitucional carece de cualquier valor.

La cruzada contra el matrimonio homosexual puede responder a diversos factores, pero nunca a la defensa de la familia ni de los intereses de la sociedad. Puede que sea por represión, bien porque la lleven en la sangre –lo de reprimir-, bien porque muy a su pesar la lleven en los genes  –la homosexualidad-; puede que sea por presión de terceros, como esa Iglesia del “querer al prójimo como a sí mismo”; o puede que sea por interés propio –’tú me das y yo te doy’.

Descarto en la motivación de sujetos como estos la defensa de la familia porque para ellos la prioridad es la procreación y ese es el único fin que justifica el resto. Quién sabe si algún día defenderán la pena de muerte para quien enviude o para quien se dedique al sacerdocio. Al fin y al cabo, no son más que bocas que cobran pensiones y gastan recursos. Y todo sin cumplir su gran función, la de procrear.

La supervivencia de la especie es el gran reto de un ministro que entiende que la especie puede sobrevivir sin hogar, sin trabajo, sin sanidad y sin educación. Eso sí, partos que no falten. Y si eres estéril, le pides unos sobres llenos de billetes negros a algún amiguete y te vas a alguna clínica privada. Si no los tienes, los sobres o los amiguetes, tu paso por este mundo ya no tendrá sentido alguno.

Las opiniones personales son respetables; las de un ministro, como tal, no. A casi nadie le interesaría qué opina él sobre asuntos como este de no ser por su responsabilidad política. Así pues, quien le pone en unas listas o le coloca con una silla en el Consejo de Ministros ha de responder ante sus resbalones léxicos y semánticos. Si Fernández Díaz no garantiza la supervivencia del discurso del PP y del Gobierno alguien tendrá que enseñarle la puerta de salida, no sin antes advertirle de lo inútil que es.

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