Un día histórico para el fotón Ramón

Como cuando un viaje se eterniza en carretera por una recta inacabable a una velocidad constante. Así se sentía el fotón Ramón, harto de que todos le tomaran por loco por sus ansias de cambio. “¿De verdad nadie va a hacer nada por dignificar nuestra existencia?”, se preguntaba. Por respuesta recibía el silencio permanente que reinaba en su oscuro sendero.

El fotón Ramón no entendía por qué había tantas ambigüedades a la hora de definir a los que eran como él. Qué ridículo era aquel debate entre el todo y la nada, entre el blanco y el negro, entre si podían considerarse partículas u ondas. ¿Acaso no podían sentirse orgullosos y felices siendo como eran, fueran como fueran?

Su vida era un incesante caminar sin rumbo, a expensas de que algún objeto abandonado por esos seres corpóreos tan raros le hiciera rebotar o desviar su trayectoria. Aun así, sabía que seguiría desplazándose sin más pretensión que la de volver a ser el objeto de alguna reacción o voluntad ajena. Y por ello se lamentaba. Y por ello seguía maldiciendo su existencia. Pero entonces ocurrió.

Toda aquella energía acumulada durante un tiempo incalculable pero lleno de hartazgo le hizo sentir que se hinchaba. Por primera vez tuvo la sensación de sentirse a sí mismo, de tener un cuerpo del que era dueño y que podía dirigir hacia donde deseara y cuando quisiera. De tener una energía que podía manifestar solo con pretenderlo. Y entonces deseó y quiso.

El fotón Ramón supo que era el momento de hacer algo histórico, de ser el referente que muchos como él habían necesitado, aunque tal vez no hubieran sido conscientes de ello. Elevó su presencia hasta que fue advertido por el resto y entonces tomó impulso y los guió hacia un lugar en el que dejarían de ser meros agentes pasivos y se convertirían por fin en protagonistas. Nunca podrían olvidar aquel día.

Casi 150 años habían transcurrido desde que la ciudad registraba todas las mediciones de temperatura y nunca antes se había alcanzado en una fecha tan temprana un calor tan intenso. La luz cegaba a aquellos seres corpóreos que sudaban mientras se preguntaban si algún día alguien podría inventar la fórmula para dignificar su existencia evitando tanto calor. Y el fotón Ramón se sintió orgulloso, una vez más, de ser lo que era.

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El cáncer no se cura si no se investiga

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El cáncer mata por encima de las posibilidades que todos creíamos que tenía. Tal vez lo subestimamos o tal vez valoramos en exceso nuestra capacidad de investigación para acabar con él. Es difícil encontrar a alguien que no haya perdido a un familiar o un amigo por esa enfermedad. Lo peor, en cambio, está por llegar. Matará aún más a corto y medio plazo porque hay quien ha equivocado sus prioridades y, tras ampliar aeropuertos que pierden tráfico de pasajeros, tras invertir por todo lo alto en páginas web que no pueden alojar ni vídeos, tras hincharle los carrillos a la banca y tras casi infinitos ejemplos más, ha decidido acabar con buena parte del personal, al menos 64 investigadores, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas.

No han sido despidos pero sí investigaciones que han concluido y que no se amplían o renuevan por otras el motivo de la reducción del personal del CSIC en más de 1.300 investigadores en apenas año y medio. El principal organismo de investigación científica en España sobrevive a duras penas a expensas de recibir una inyección de 75 millones de euros. Aunque parezca una minucia en comparación con los 36.000 millones regalados a la banca no parece sencillo que esa aportación económica finalmente se produzca.

Y en este contexto aún se puede decir abiertamente que sobra gente en el CSIC. Faltan la mayoría de los que se han ido pero sobran algunos de los que están. Basta ver el ordenador de esa auxiliar de uno de los principales institutos valencianos en los que el historial se nutre de partidas del Bubble Shot, programas televisivos de cotilleos y Las Mañanas de TVE. La mujer, de 70 años, sigue cobrando a la vez que asegura que ya no está para ayudar. Por ayuda entiende el trabajo de cualquier auxiliar, como por ejemplo la preparación de los laboratorios para que los investigadores puedan realizar sus tareas sin dilación.

En ese instituto valenciano de investigación se dan circunstancias que se repiten por muchos otros de la geografía española. Los aires de grandeza de la época colonial son inversamente proporcionales a la valía profesional de algunos trabajadores que continúan quejándose amargamente de la llegada, tan esporádica como ‘oxigenante’, de algún investigador extranjero. “Es que no entiendo por qué os contratan”, le espetó mientras firmaba su contrato. La respuesta, de manual: “Tal vez porque haya pasado con la mejor nota un concurso público gracias a mi titulación, mi máster y mis años de experiencia trabajando para una multinacional, que no es española, y que es la que me pagará a mí y pagará a este instituto que le da de comer también a usted. ¿No cree?”

A la salida del recinto podemos hablar con otra investigadora, en este caso valenciana. Ella no piensa que los extranjeros vienen “a quitarnos el trabajo”. Más bien lo contrario: “nosotros vamos a sus países a quitárselo a ellos”. Con un historial de formación y laboral que da vértigo asegura que no está ni valorada ni remunerada en España. Se marcha a Chile “para poder investigar”.

Mientras seamos incapaces de anteponer los beneficios de la investigación científica a sus réditos políticos no seremos capaces de entender que sin investigación no hay futuro, ni para los científicos ni para el país.