Un día histórico para el fotón Ramón

Como cuando un viaje se eterniza en carretera por una recta inacabable a una velocidad constante. Así se sentía el fotón Ramón, harto de que todos le tomaran por loco por sus ansias de cambio. “¿De verdad nadie va a hacer nada por dignificar nuestra existencia?”, se preguntaba. Por respuesta recibía el silencio permanente que reinaba en su oscuro sendero.

El fotón Ramón no entendía por qué había tantas ambigüedades a la hora de definir a los que eran como él. Qué ridículo era aquel debate entre el todo y la nada, entre el blanco y el negro, entre si podían considerarse partículas u ondas. ¿Acaso no podían sentirse orgullosos y felices siendo como eran, fueran como fueran?

Su vida era un incesante caminar sin rumbo, a expensas de que algún objeto abandonado por esos seres corpóreos tan raros le hiciera rebotar o desviar su trayectoria. Aun así, sabía que seguiría desplazándose sin más pretensión que la de volver a ser el objeto de alguna reacción o voluntad ajena. Y por ello se lamentaba. Y por ello seguía maldiciendo su existencia. Pero entonces ocurrió.

Toda aquella energía acumulada durante un tiempo incalculable pero lleno de hartazgo le hizo sentir que se hinchaba. Por primera vez tuvo la sensación de sentirse a sí mismo, de tener un cuerpo del que era dueño y que podía dirigir hacia donde deseara y cuando quisiera. De tener una energía que podía manifestar solo con pretenderlo. Y entonces deseó y quiso.

El fotón Ramón supo que era el momento de hacer algo histórico, de ser el referente que muchos como él habían necesitado, aunque tal vez no hubieran sido conscientes de ello. Elevó su presencia hasta que fue advertido por el resto y entonces tomó impulso y los guió hacia un lugar en el que dejarían de ser meros agentes pasivos y se convertirían por fin en protagonistas. Nunca podrían olvidar aquel día.

Casi 150 años habían transcurrido desde que la ciudad registraba todas las mediciones de temperatura y nunca antes se había alcanzado en una fecha tan temprana un calor tan intenso. La luz cegaba a aquellos seres corpóreos que sudaban mientras se preguntaban si algún día alguien podría inventar la fórmula para dignificar su existencia evitando tanto calor. Y el fotón Ramón se sintió orgulloso, una vez más, de ser lo que era.

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La señora del garrote y el bolso lila

Levantó la mirada como si no tuviera opción alternativa alguna. Como si sus pequeños y rítmicos pasos necesitaran cerciorarse de que la identidad de aquellos extraños que se encontraba por el camino no interrumpirían su trayectoria. Su mirada era fría pero serena. Escrutaba en apenas un segundo para inmediatamente tornar sus pupilas hacia las grises baldosas de la ciudad.

A un lado, un garrote inclinado sustentaba años de esfuerzo y toneladas de resignación ante el inexorable transcurrir de los días; al otro, un bolso de mano del color de las más bellas orquídeas equilibraba su centro de gravedad a la vez que protegía la intimidad de una personalidad imponente aunque acallada.

La señora del garrote y el bolso lila no era una persona más de esas que uno se cruza por la calle de forma inadvertida. Nadie como ella podía contar su propia historia, esa retahíla de vivencias que recogía un conato de frustración cuando se apoyó por primera vez en su garrote y un atisbo de rebeldía cuando escondía en su bolso lila las pertenencias que debían permanecer ocultas ante las miradas más indiscretas.

Sé que cada vez que pasa a mi lado me mira, aunque de soslayo, como si no esperara obtener visión importante alguna. Pero me mira. Y sé que por su cabeza pueden circular cientos de miles de informaciones que nunca llegaré a conocer. Pero sé que las hay y que ella las maneja con la soltura con que balancea su bastón y con la firmeza con que sujeta su bolso lila.

Si la empatía consiste en identificarse mentalmente con otro individuo, yo elijo, al menos durante unos segundos al día, que mi referente sea esta señora. Y sonreiré de nuevo cuando lentamente se acerque y juegue a resistir su mirada hasta el último instante previo a pasar ante mí.

Y llegará el verano y desaparecerá con el calor su ancho abrigo marrón, fiel compañero desde que un nuevo siglo comenzara; desaparecerá esa larga bufanda que parece teñirse del color gris de su cabello. Pero sus ojos no dejarán de otear titilando las miradas ajenas que inquisitivamente se detengan en su semblante serio, su garrote inclinado y su bolso lila. ¡Hasta la tarde!